Thursday, 10 December 2009
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Geschichtsmüde
En algún momento, no sé por qué, siento la necesidad inapelable de besar la boca de Sylvia. Todo queda ahí. Albóndigas de puercoespín. Un poeta del régimen canta las virtudes del hombre y se corona con sus versos chavistas y distorsionados el Jimi Hendrix de la poesía de anoche. Bata. Otro aplica el mismo cantar a la prosodia histérica del heavy. "Musas sádicamente asesinadas", gime. Los centinelas pospoetas ladran de risa. Bombay no Saphire. Mundo demasiado pequeño. Beso los labios de Sylvia. Me excuso. Poco a poco, me despido. Un autobús, en el otro extremo de la noche, me espera. Fang. Una vez más, me despido. Inés hoy está más borracha de lo que acostumbra. Como lanzada hacia la carrera espacial. Cambia espacial por autodestrucción. Mi próximo autobús no me aguarda hasta las 2:25. Hace frío. Para compensar, me meto en un lugar llamado Hot. Me pido un tercio de Mahou y espero a que algún tío se ofrezca a chupármela y así volverme a casa, al menos, con los cojones vacíos. Le flâneur. Cojo el último metro, el gran recolector de mierda urbana: mendigos, inmigrantes, mujeres horizontales, supervisores del suburbano, yo. El sueño tijerea el telón a su antojo y me teletransporta, triturando lapsos de tiempo, a donde sea que lleven los últimos trenes. Fussgang. Al alcanzar la superficie, la encuentro batida de niebla densa como manteca de cerdo. Los semáforos inyectan su luz verde, tibia y roja en los pálidos tendones del aire. Fibras airadas de la noche, destrizadas entrañas del día, vibrando ahora según el pálpito anárquico de la peor madrugada. Azcona, 42. Hijos. Hambre. Algo. El autobús se apiada de nosotros y nos arma. Su luz alba delude las murallas hidratadas de la noche y con ritmo somnoliento nos magrea con nuestros destinos. Un patrocinado hijo de puta nos defeca su música en alto. "Poesía urbana", que dicen los que hieden más a urbano que a poetas. Евге́ний Оне́гин. Hipnosis de la inteligencia abrigada de rima consonante. ABAB. Yámbico. Me aguanto las ganas de levantarme y rimarle cuatro verdades. Ya lo hice otra vez y no concité el favor del público. Yo no puedo combatir todos los gilipollas solo. Uno, dos, vale. Todos cansan. Pero su forma de enseñorearse del silencio, de mi anhelo de silencio, hace rugir mis principios. Mierda de conciudadanos, de connacionales. Ojalá se os pudra el voto y la bandera. No valéis más que gomosas reses descastadas. Cuando ya no aguanto más, no es mi sentido de lo afable quien me guía, ni quien impulsa mis palabras contra el gran ofensor del silencio común. Son manos que amueblan el aire y lo envasan de reproches. Me aproximo al salvaje consentido y el valiente me entierra un filo en mitad del mañana. Pero ya no hay mañana para mí. Lieu de l'avenir. Y ni así, se levantan los bóvidos de laxas lenguas y miradas flácidas. Tranquilos, no os mováis, que no tardando mucho también vosotros visitaréis mi matadero. Memento mori.
Tuesday, 08 December 2009
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3 instancias
Mamen, cariño, te echo un montón de menos, que lo sepas. Por cierto, ¿te acuerdas aquello que te dije de probar algún día el sexo anal? Va a ser que no. Por lo demás, la cárcel tampoco está tan mal. Se come variado y el trato es cordial. Mi compañero de celda es muy suyo, y yo eso lo respeto. Nos entendemos por miradas, y cuando las miradas no bastan, me agarra del cuello y ya con eso me hago idea de lo que quiere decirme. Pero no te voy a engañar, al principio me costó algo adaptarme, aunque poco a poco me voy haciendo al ambiente, y al final hasta se le coge cariño, claro que sí.
Bueno, Mamen, que yo lo que quería decirte no es esto, sino algo que no me dio tiempo a decirte después del juicio, que ya sé que tú lo sabes, pero yo quiero que me lo oigas decir a mí, que yo soy inocente, Mamen, pero no inocente cualquiera, no, inocente de verdad. Sí, sí, yo te dije alguna vez que si la vecinita tal y cual, pero ya sabes que esas son cosas que se dicen y de ahí no pasan. Anda que no me habrá dicho tu padre veces que si tú tal y cual, y yo por eso no pienso que tu padre y tú… Bueno, ya sabes a qué me refiero. Y a lo que iba, pues que sí, que es verdad que la vecinita es un poco calientabraguetas, y en el mismo ascensor, cuando volvía de correr, sudado y con la lengua fuera, me soltó que me quedaban mucho mejor estos pantalones que los otros, qué otros le pregunté, y ella me dijo que cualquier otro, que estos le gustaban mucho más, y lo que no te he contado, Mamen, es que estos pantalones son los pantaloncitos cortos que me pongo para correr, aquellos azules que me regalaste por Reyes, pues yo le respondí ah, si, y por qué te gustan más estos, fíjate que pregunta más inocente, y ella me dijo que porque se me veían las piernas, que le gustaban mis piernas, que le parecían unas hermosas piernas de hombre, gruesas y cubiertas de vello, y me preguntó si me podía acariciar el vello de las piernas, y yo la verdad es que en un primer momento me quedé un poco sorprendido, pero como no vi malicia en su pregunta la dejé acariciarme el pelo de las piernas. A todo esto, el ascensor ya había llegado a nuestro piso, pero la vecinita seguía ahí de rodillas, concentrada en repeinar todos los pelos de mis piernas, empezando cada vez un poco más arriba, primero en la rodilla, luego en el muslo, y luego incluso se permitía meter la mano un poco bajo el pantaloncito, pero lo hacía sin mirarme a los ojos, Mamen, como si yo no estuviera, como si estuviera acariciando las piernas de una estatua, pero Mamen, yo no soy una estatua, tú lo sabes bien, y después de unos minutos acariciándome las piernas, con lo ceñidos que me quedaban aquellos pantaloncitos azules, pues aquello estaba que reventaba, y la vecinita, la muy zorra de la vecinita, tuvo que plantar ahí la mano, y yo le dije mirándola fijamente ten cuidado niña dónde tocas que a mi no me toreas como a esos novietes que te traes a casa cuando no están tu padres, que los veo según los despides en la puerta y con menudo calentón los dejas, so puta, y que sepas que la carne de macho que estás tocando ha tumbado a hembras mucho más curtidas que tú, así que piensa lo que estás a punto de hacer, y no sé muy bien por qué le dije eso, pero me salió así, y tal que así se lo comenté a la abogada, a la fiscal y a la juez.
Y bueno, tú ya sabes todo lo que vino después. ¿Que tenía mi semen? Sí. ¿Y mis pantaloncitos azules? Pues también. Pero para mí, lo único importante es que me creas cuando te digo que yo no la maté.
Te echo mucho de menos, Mamen,
tu bichito injustamente encarcelado.
A la atención de Maria del Carmen,
Ahora mismo, mientras lees “ahora mismo”, te estás preguntando quién se esconde tras esta segunda carta que recibes hoy. Y fíjate que no digo “te estarás”, digo “te estás”, porque lo sé. Sé que el hecho de que lo sepa también te inquieta. Tú no me conoces. Yo a ti sí. Lo sé todo sobre ti, sobre tu marido, sobre la vecinita y, lo que es más importante, sobre su asesino.
Te preguntas cómo lo sé y, sobre todo, por qué te escribo. Deja, por favor, de sorprenderte, que ya te he dicho que lo sé todo. Como tú y yo lo sabemos todo sobre ti, permíteme que me presente, si es que puedo. Te ahorraré detalles que, aunque crees que te interesan, no te aportarán gran información.
En primer lugar, mi nombre. Mi nombre carece de importancia, pero si te diré, por ejemplo, que nací con una facultad extraordinaria, que me permite conocer hechos en lugares y tiempos remotos, y aún más, indagar en los pensamientos de gentes vivas, muertas e, incluso, venideras. Si bien mi nombre, el nombre que me pusieron mis padres, carece de importancia, puedes llamarme Narrador Omnisciente.
Yo sé que tu marido te quiere, Maria del Carmen, y que cuando te dice que es inocente dice la verdad. Yo no estaba allí, pero lo sé. Aún más, sé quién mató a la vecinita.
Como bien dice tu marido, él subió a ese ascensor, con la camiseta empapada en sudor, y el pulso desbocado. Barrió un par de veces, es cierto, el cuerpo efervescente de la vecinita. Y la miró, sí, con esa ambición que tú tan bien conoces. Pero todo lo demás fue ingenuidad por su parte, porque incluso esa rancia exhibición de su hombría estaba preñada de candor. No hay ni había entonces maldad en tu marido. No. La maldad estaba presente, es cierto, pero en otra “persona”, si es que podemos llamarla así: esa persona...(En este punto la carta aparece rasgada)
Mamen,
Ahora sí que te echo de menos. Tengo muchísimo miedo. Y no es por nada de la cárcel, que como te dije en la última carta, es un lugar de lo más apacible. No. Tengo miedo porque me ha escrito un señor muy raro que dice que tiene información sobre mí y sobre ti y sobre la vecinita, pero que no puede testificar a mi favor porque no existe. Y me dice, Mamen, fíjate lo que me dice, que sabe quién asesino a la vecinita. Dice que el asesino no va a permitir que conozcamos su identidad, y todo lo que sé es que se trata de un señor que se llama TU NOMBRE, de profesión lector y que...
(Una vez más la carta ha sido rasgada)[Taller de literatura erótica - 4º Texto - 2 de diciembre de 2009]
Wednesday, 02 December 2009
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Adidas
El final de la fiesta y esa deliberada pulsión por la ingesta ininterrumpida de alcohol lo habían dejado K.O. sobre la lona del sofá del salón. Con la posición vertical se había esfumado todo atisbo de su insoportable fatuidad. No logré refrenar mis ganas de restregar mi paquete sobre su rostro incosciente. ¿Quién ríe ahora, eh? ¿Quién?
Habíamos coincidido por primera vez durante la noche en la pequeña cocina del ático de Sandra. Jake estaba desollando la cubitera sobre un vaso que contenía los restos aguados de olvidables añadas de ron Cola. El suelo estaba pegajoso, ennegrecido. Sonaba algo que me recordó a The Chameleons. Yo, que tenía los ojos llorosos por el humo del tabaco aproveché para contemplar el barrio gótico a través de la pequeña claraboya, mientras esperaba a que Jake terminara con la cubitera. Estaba de espaldas a mí. Ignoró mi presencia hasta que los hielos dejaron de cascabelear.
—¿Sólo queda esto? —se volvió hacia mí blandiendo una botella de alcohol de segunda.
—No sé si debería decirlo… pero mira en ese armario —ciertamente no debería decirlo, porque no deseaba decirlo—.
—¿La conoces desde hace mucho? —me preguntó sin mirarme mientras arrancaba el sello de la botella.
—Qué va, desde el taller de literatura erótica, en mayo creo —arrugó la frente de esa manera—. Pero ha sido un verano intenso. En agosto nos fuimos juntos una semana a…
—No me jodas, entonces tú eres la loca.
—¿Perdón?
—No te molesta, ¿no? Os he oído y sé que os llamáis así entre vosotros… “maricona”, “perra” y esas cosas.
—Te sonará raro, pero prefiero que me llamen Erik.
—Ah, sí. Pero yo no tengo nada en contra, ¿eh?, que quede claro. A mí me la pela con quién folle cada uno mientras haya para mí. Qué va, si a mí me encantaría probarlo, bueno, me gustaría que me gustase probarlo, ya sabes, pero, joder, un culo peludo, colega… Puf, demasiado. Donde esté un buen coñito de hembra depilado rezumando ambrosía. Y, joder, tu amiga tiene un coñito antológico… claro, que a ti te va más el salami.
En ese momento decidí consagrar el tiempo que fuese necesario a destruirlo, a hundirlo, a humillarlo.
A Jake le acababan de publicar un poemario en Hiperión. La solapa del libro, que se encargó de pasear entre la concurrencia, lo autodefinía como un post-poeta after-pop. Recuerdo ese detalle porque pensé que, llegado el caso, el juez lo consideraría atenuante. En el fondo no era más que un treintañero lánguido que para no morir virgen había tenido que recurrir a todo eso de la poesía y la cirrosis. A pesar de su cuerpo flácido de hombre inacabado, la cosa parecía funcionarle. Sandra no lo perdía de vista. Ella se percató de que yo la miraba mirarlo y me dijo “ven” con el brazo.
—¡Erik! Voy a presentarte a alguien.
—Si es Eso, puedes ahorrártelo. Nos acabamos de conocer.
—¿Y?
—¿Te he contado que yo de pequeño quería ser médico? Por seres así me pasé a Forestales.
—Venga, no seas tonto. Es un tipo genial.
—Mira, quiero pensar que tu sonrisa tiene más que ver con lo que le falta a tu copa que con su genialidad.
—Dale una oportunidad, porfa.
—¿Porfa? Con que le demos una oportunidad entre los dos sobra… Y tú ya te lo has follado.
—No me lo puedo creer. ¿Es por eso? Celosón…
¿Y era por eso? No. Sí. Tal vez.
A medida que el alcohol fue diluyendo su sangre, Jake se volvió humano: se le encasquillaba el ingenio, tropezaba con las cosas y buscaba sin excusas la boca de Sandra.
Yo estuve desatendiendo y malquedando con un ligue que me había buscado la anfitriona, un estudiante de segundo de informática con ínfulas de actor. Pero yo no podía dejar de buscarla. A ella y, por supuesto, a él. No quería que estuvieran solos. Mi ligue era demasiado lo que Sandra esperaba que me gustase. Por eso fue un fracaso. Flirteé con él lo justo para poder follármelo otro día y me escapé.
Llegó ese momento de la noche en que la gente empieza a vomitar por el balcón, la puerta se abre y se cierra cada vez con mayor frecuencia, el silencio toma el testigo de ruidos llenos de presunción, y cuando quisimos darnos cuenta, la fiesta se había terminado y sólo quedaba un apéndice inútil de la madrugada. Allí estaba Jake tirado como un abrigo. Mientras Sandra adecentaba la cocina, le agarré la cabeza por el pelo. Jake entreabrió los ojos y balbució algo. Froté su cara contra mi entrepierna como si fuera la esponja con que cada mañana me exfolio los cojones.
—¡Pero qué haces! —dijo Sandra desde el umbral de la puerta de la cocina.
—¿Recuerdas? Estaba dándole una oportunidad. —Sandra, tras un instante de silencio, soltó una carcajada.
—En realidad no le vendría mal descubrir que existe el sexo más allá de su propia polla.
—O sea, que encima folla mal el animalito. Dime al menos que es superdotado o que te despierta con algo de Benedetti.
—Es un desastre. Aunque no es lo peor que ha visto esa cama…
La luz de la mañana recortaba la figura de Sandra en el umbral de la puerta como en esos iconos bizantinos. No sé por qué, me acerqué y le arranqué el estropajo de la mano. Con los restos de espuma tracé un muro que dividía su cara en dos alemanias. Su frente breve, la curva sideral de su nariz, sus labios cerrados pero llenos de posibilidades, el refugio entre su mentón y el portal de su labio inferior.
Imaginé que Jake estaba sumido en uno de esos comas en los que el paciente no puede mover un músculo pero lo presencia todo. Quería que observase cómo un maricón, una perra, una loca se follaba a su chica y la dejaba satisfecha.
—No, Erik.
—Sí, Erik, sí, Erik. Vas a saber lo que es un hombre.
Con suavidad, la puse de rodillas y la obligué a que me lamiera las Adidas.[Taller de literatura erótica - 3er Texto - 25 de noviembre de 2009] -
schmerz
Informe de dolores actuales:- Mano derecha. En el dorso. Quemadura de vapor al abrir horno para comprobar estado de pizza casera. Dolor constante e irradiado a toda la mano. En proceso de curación.
- Punta de la lengua. Forma de pupa. Roce con arco metálico interior. Dolor localizado. Casi desaparecido.
- Rodilla. Inflamación de Osgood-Schlatter crónico causada por práctica intensiva en suwari waza. Dolor punzante. Necesita supervisión médica.
- Pulgar izquierdo. Herida abierta en proceso de cicatrización. Efecto colateral de un randori 5:1. Dolor residual. En curación.
- Orgullo. Lesión de carácter leve a moderado. Dolor oscilante irradiado a todo el estado de ánimo. Pronóstico reservado.
- Mano derecha. En el dorso. Quemadura de vapor al abrir horno para comprobar estado de pizza casera. Dolor constante e irradiado a toda la mano. En proceso de curación.
Sunday, 29 November 2009
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Manderley
Disfrutaba la ternura de la noche dejándose zarandear de aquí para allá por todos los espíritus del alcohol. Se empeñaba en abarcar entre sus brazos las ráfagas de rostros iluminados por lejanas farolas de sodio. Con la excusa de no sé qué ebriedad, allanó minifundios de piel y susurró alguna que otra audacia ininteligible para oídos menos entusiastas. Se supo adorado y quiso compartir con todos su magia y su poder.
A veces, sin embargo, se detenía y alzaba la vista contra un cielo cuyo significado le desconcertaba. Respetaba lo ancestral de la noche. Entonces, se replegaba en sí mismo y, de pronto, se sentía muy lejos de todo.
Dio la espalda al bullicio. Clavó el vaso de plástico en la arena, se desabotonó lentamente la bragueta y respiró con alivio. La orina desembocaba entre su pie y el vaso herido; antes, serpenteaba por la corteza de un árbol joven. Tenía la mirada fija en el punto exacto donde el brillante chorro se desintegraba contra el tronco. La mano derecha exprimió las últimas gotas, mientras la izquierda se complacía acariciando mansamente su vientre. Cerró los ojos y se abandonó.
Sobre el horizonte de una brisa tímida, despuntaban himnos fugados de un coche cercano, himnos hoy inofensivos listos para estremecer mañana. Paladeaba cada bocanada de aire robada al futuro y, aunque le costaba mantenerse erguido, se sabía más veloz que las grandes esperanzas que pesaban sobre su vida.
Regresó abriendo muy lentamente los ojos. Sospecho que esperaba encontrar un mundo diferente. Mientras se abotonaba el pantalón, observó cómo, entre la oscuridad que circundaba su árbol, palpitaba un tímido punto de luz roja. Parecía extinguirse y, al instante, se inflamaba y hacía resplandecer, unos centímetros por detrás, cálidos retazos de un rostro de mujer.
—Acércate.
Jamás se le pasó por la cabeza desobedecer. Se secó los dedos en los vaqueros y adoptó súbitamente esas formas demasiado rígidas del adolescente que aparenta familiaridad con los ritos que sabe se le suponen ajenos.
—Acércate más, déjame verte bien —a través de una vaharada de luz y de humo ámbar tropezó con dos pupilas extrañas que lo desnudaban—. ¡Qué guapo eres, cabrón! ¡Cuántos estragos vas a hacer!
Algo turbado, volvió la mirada. Pensó que el bullicio decaería en su ausencia, pero como en otras muchas ocasiones comprobó que no era insustituible.
—¿Ya has estado con una chica? ¿No? Ven aquí.
Poco a poco, la penumbra fue insinuando las formas que antes la oscuridad obligó a imaginar. Una mano suave y fría lo tomó de su mano.[Taller de literatura erótica - 1er Texto - 4 de noviembre de 2009]
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