Sunday, 11 March 2012
-
Descastado
Deponer el presente para rendirle cuentas a un rey que no se reconoce en ti. Acudir disfrazado de bastardo antes que soportar el oprobio de una mirada que supones implacable. Huir a galope arrebatado por la sola idea de regresar al reino del leve y desmemoriado presente. Gobernar con rigor a los demás, ser magnánimo contigo.
Sunday, 03 July 2011
-
Fake
El mejor tiempo. Tampoco había mucho más que hacer.
¿Mi destino? Mi destino está escrito, no sé dónde, pero está escrito, y no por Dios, yo preferiría que lo hubiese escrito Él, Dios, un dios, cualquier dios, un destino griego, fatal, absurdo, pero sobre todo digno, un destino que merezca la pena declamar en el proscenio de un anfiteatro, un destino que haga de mí un leitmotiv que gruñe y que se arrastra. ¿Acaso no merezco yo que mi destino lo firme al menos Dios? Me da igual que se lo escriba otro, con que lo firme Él…
Ya lo sé, el destino de la gente como yo no lo escribe Dios, jamás pasa por sus manos, ni por las manos de sus asistentes ni burócratas, el destino de los que no nos dejamos creer en Dios queda en otras manos. Y no me inquietaría tanto si lo hubiese escrito Dios, pero son ellos quienes lo escriben. Ni siquiera se han molestado en trazar deliberadamente un destino para mí. No hay un hado fatal para mi vida, no hay moraleja. Ningún plan maestro contempla mi vida. Lo que me espera es despojo. Los seres que escriben mi destino parecen mortales. Se parecen a mí.
Sólo tengo una cosa clara. Que si no nos dejan intervenir en la creación del mundo, de nuestro mundo, participaremos en su destrucción.
[20 ene 08] -
Qué forma tienen las verdades
Los días han empezado a desplomarse con la indolencia de luciérnagas cansadas. Dicen que, más allá del arcoiris gris marengo de las cucarachas, sobrevivirá un algo de color en las sogas de los encorbatados. Si eso es todo lo que hacen durante los maratones subterráneos… Aún serían capaces de hacer más —mucho más— si de verdad quisieran. Pero no quieren. Y es por eso que se escudan en acordes: para combatir el alambre de espino que brota de la garganta traqueotómica de los fluorescentes. Y se enarcan sobre el reino abandonado de su cuerpo y se sospecha que mantean palabras como bolas de pinball, que ni siquiera en su ascenso centelleante llegan a palmear el paladar. Pero, sobre todo, porque se ensimisman desfibrilando inútilmente en su regazo las ilusiones sin techo que encontraron tiradas por ahí. Me da que se han dejado seducir por no sé qué promesa infundada, y así les va, que basta un «no eres el único» grafiteado sobre los despojos de un muro para que se les desvelen las ganas de un volar que no han probado, ni han visto y sólo conocen de oídas.
Hay uno que rebusca en los espejos y todo le parece muerto, aunque sepa que los espejos no envejecen. Esta mañana se cruzó con la caja de cartón donde malduerme un mendigo de nombre Winston, al que la reconversión tatcheriana arrojó al cloacal euroasiático. Y este mendigo es un tipo que habla de las cosas que existen como si no existieran. Y de cosas que no existen como si existieran.
Al que rebusca en los espejos le regalaron por su cumpleaños una verdad en bote de hojalata. No demandaba grandes cuidados: un poco de sol a mediodía, un dedal de agua, un soplo de viento. Pero es sacrificado, porque al principio sientes que no estás mimando más que un ingrato puñado de tierra. Y tú, que nunca has visto una, te preguntas qué forma tienen las verdades.
[9 - Mar - 08]
-
Noctambulia
Aquella fue la primera noche.
Hasta entonces, para él, el epígrafe de «efectos secundarios» en el prospecto de un medicamento le decía lo mismo que la ciencia-ficción dura. Pero también podía deberse a ese café después de las seis y media, una costumbre de entresemana que en festivo perdía su sentido práctico. Lo único seguro: las horas cayendo lentamente una por una y el sueño, irreconciliable.
Primero, le empezó a incordiar el cubrecolchón, que de tanto moverse se había soltado y formaba unos incómodos pliegues bajo las sábanas. Se levantó al menos un par de veces para volver a estirarlo. Luego, intentó encontrar una postura en que se sintiese cómodo, pero enseguida le hormigueban las piernas y tampoco sabía dónde meter los brazos. Le dio varias vueltas a la almohada, en busca de la cara que estuviese más fría. Como se levantó un ligero vientecillo, se tapó con una sábana y, un momento después, también con la colcha, pero no tardó en sentir un calor asfixiante y volvió a destaparse. Intentó inspirar muy despacio hasta llenar los pulmones y luego espirar, con ritmo pausado, mientras trataba de imaginarse tumbado en mitad de una playa paradisiaca. Repitió con meticulosidad contracciones y estiramientos de pies, gemelos, rodillas, cuádriceps, glúteos, abdominales, dorsales, pectorales, hombros, tríceps, codos, bíceps, muñecas y manos. Intentó convencerse a sí mismo, y en voz baja, de cuánto le pesaban los párpados, la frente, las orejas, etcétera. Durante media hora se mantuvo en un estado de semitrance que prometía trasladarle al sueño. Un sonido nasal comenzó a sobrevolarle. Podía oír perfectamente cómo se desplazaba de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda. Entonces, dejó de oírlo, pero comenzó a notar un cosquilleo en la cara. Casi podía contar las patas del ser que rastreaba su rostro en busca del mejor lugar para perforar, podía imaginar su forma y su afilado bisturí, podía notar cómo, con él y en ese preciso instante, estaba horadando su piel, y podía incluso sentir el calor de su propia sangre surtiendo a borbotones. De ninguna manera podía consentir esa impunidad. Estrelló sin contemplaciones la palma de la mano contra su cara. Encendió la luz y abrió el puño esperando encontrar restos pegajosos del ser sobre alguna línea del destino. Corrió al baño para buscar en su cara el reguero de sangre o un crater carmesí. Nada.
Tenía la espalda empapada de sudor y, aunque había estrenado esa misma mañana el pijama, ya desprendía un penetrante olor acre que le desagradaba profundamente. Aprovechando que estaba en el baño, se dispuso a beber a morro un buen trago de agua, pero por más que esperó, del grifo sólo salía un líquido tibio ligeramente terroso. Para calmar la irritación que su propio sudor le producía en la nuca, metió la cabeza bajo el grifo y dejó que hilillos de agua correteasen por su espalda. Se irritó aún más por el zumbido del transformador mal instalado de los halógenos. Reparó en su reflejo amarillo y cansado sobre el espejo. Apagó la luz del baño. La diminuta cocina, pulida por los reflejos azulados de la noche, quedó esbozada por la luz breve de la nevera. De allí sacó una botella fría de dos litros de Coca Cola. En su irisada superficie de color petróleo patinaba un rebaño de migas. La dejó a la mitad de un solo trago, eruptó y concentró la mirada sobre unos silenciosos dígitos rojos que misteriosamente marcaban las 03:33. Le hipnotizó el parpadeo maquinal de los dos puntos centrales, y fue entonces cuando notó una creciente angustia por el modo discontinuo pero inevitable con que se aproximaba el nuevo día. Le acarició una inesperada corriente que le guió hasta el balcón de la terraza y, desde allí, mientras se dejaba mecer por el aire casi húmedo de la noche, se enfrentó al paisaje vertical.
No supo dar forma al sentimiento de extrañeza que le inspiraba la ciudad de noche, como si fuera un territorio ajeno al diurno, cuya mera contemplación bastaba para revelar en sí mismo una disonancia. El modo en que contemplaba ahora la ciudad de noche era distinto a como la había contemplado en otras épocas de su vida. Había sido niño y había contemplado la ciudad de noche con la curiosidad asustadiza de un animal extraviado a deshoras. Había sido joven y había contemplado la ciudad de noche con arrogancia febril del guerrero. Había sido padre y había contemplado la ciudad de noche con la veneración y el respeto que profesa el guardián hacia una fiera durmiente que en su apogeo sería capaz de destruirlo. Se había vestido con todos esos ojos y había contemplado ciudades muy distintas. Con sus ojos de ahora veía una ciudad hermética, saturada de torres de babel personales y de religiones erigidas a partir de anomalías. Estas evocaciones, tan impropias de él, le decidieron a releer el prospecto de la duloxetina bajo la luz de la luna llena.
Volvió a sobresaltarse con la palabra «suicidio», niños y «suicidio», niños y «autolesiones». Y, aunque trató de alejar esa imagen de su cabeza, enseguida pensó en su niña. La imaginó de espaldas, con los codos apoyados en el alféizar de una ventana, como en un cuadro que había visto alguna vez, pero en este caso con la ventana enmarcando una noche donde no brillaba nada. «Intento de suicidio» y «suicidio consumado». Se preguntó cuánta gente, en esa ciudad que tenía enfrente, estaría pensando en consumar su suicidio. «Sequedad de boca». Necesitó decirse que él jamás intentaría suicidarse, y se lo dijo con mucha intensidad pero a un nivel muy profundo de sí mismo, con una voz subterránea. Y no lo intentaría no por miedo al fracaso, como solía sucederle en tantas ocasiones en su vida, sino por una loca devoción hacia su hija. «Estreñimiento». De hecho, pensaba con frecuencia que su hija era lo único que le quedaba, su único vínculo con un tiempo anterior que en su cabeza había cobrado dimensiones mitológicas, un tiempo, se decía, donde disfrutó de una felicidad que no conocía objeciones. «Somnolencia». Se sorprendió. No era posible, se dijo. «¿Somnolencia?». Así que todavía se sintió más desolado. Cansado de descifrar las minúsculas letras a la luz de la luna, arrugó el prospecto y lo retornó a la gastada caja del medicamento. Al volver a levantarse un vientecillo fresco, supuso que tal vez aquella tregua fuese su última oportunidad de cazar el sueño.
Juraría que no llegó a dormirse, porque no tuvo esa sensación de ruptura en el tiempo, pero al consultar su reloj, las manecillas habían saltado más allá de las cuatro y cuarto. Al principio se sintió desconcertado. Si había logrado conciliar el sueño, no entendía qué lo había distraído. En un primer momento le sobresaltó el maullido histérico de unos gatos callejeros, un griterío digno depredadores selváticos, y se juró castrar con las manos desnudas al próximo felino que se le arrimase, pero no tardó en descubrir el verdadero motivo de su desvelo. El punteo de unos tacones y unos maullidos de humano en celo.
Normalmente el piso de arriba estaba desocupado. Sus propietarios, un matrimonio de recién jubilados, pasaban gran parte del verano en el pueblo de él, una aldea de pescadores, en el norte del país, y sólo regresaban para celebrar las Navidades con la familia del hijo, al que, por lo visto, siempre le tocaba hacer guardia en esas fechas. El resto del año la casa permanecía vacía. Del padre tenía buena opinión: un tipo a veces demasiado campechano y esforzado, que había trabajado toda su vida en los ferrocarriles y al que, después de una isquemia cerebral que le tuvo al borde de la muerte, le habían concedido una pensión por invalidez permanente. Un hombre correctísimo, sin duda; jamás había tenido queja de él. Lo mismo se podía decir de la mujer, una señora afable y muy maternal. De hecho, cuando se instaló en el piso tras la separación, tanto ella como el marido se habían mostrado de una cordialidad desaforada; tanto que, muchas veces, sentía cierta incomodidad al tener que rechazar sus constantes ofrecimientos. Y, luego, estaba el hijo, un tipo malcarado y escandoloso, que más de una vez le había cerrado la puerta del ascensor en sus narices. El tipo, casado y con un par de retoños, residía en una pequeña urbanización al noroeste de la ciudad, a unos veinte minutos de allí, aunque, a decir verdad, no le entusiasmaba demasiado dejarse caer por la casa de sus padres, ni siquiera durante el medio año largo que el pobre hombre estuvo atado a una silla de ruedas. Definitivamente no, no le enstusiasmaba dejarse caer por casa de sus padres. Bueno, al menos, no cuando sus padres estaban en ella. Porque, desde hacía tres o cuatro meses, había tomado por costumbre culminar en aquel piso sus escarceos extramaritales. A él, se contaba a sí mismo, no le iba ni le venía lo que los demás hiciesen con su vida privada, si bien, en su fuero interno, no podía evitar proyectar en aquella situación su matrimonio, pero lo que no tenía pase alguno, se decía indignado, era que llegase quien fuese a las cuatro o las cinco de la madrugada, dando portazos, correteando por la casa como colegiales y, bueno, luego estaba lo demás, lo que quedaba por venir.
Los maullidos humanos se fueron intensificando. A través de las paredes, las palabras que, de por sí ya venían desdibujadas, reforzaban la impresión de un habla animal. El diálogo, contrapuntado y preñado de exabruptos, hacía el resto. No tardarón en dejarse caer sobre el colchón. Antes fueron recorriendo cada estancia, con los pies al arrastre, tropezándose con los muebles, en un andar cacharrero y trompicado, hasta llegar a la habitación de los padres, que presidía, según pudo comprobar con asombro en una de sus muchas visitas, un retrato en blanco y negro de un ruso distinguido con boina y algo belfo, aunque no logró descifrar de quién se trataba. En esa habitación, debajo de la cual él soñaba con dormir, se detuvieron. Hubo un corto periodo de silencio. Él se engañó infintas veces pensando que sería definitivo, aún cuando un silencio definitivo seguramente hubiese prefigurado algo mucho más terrible. Pronto comprobó cuán equivocado estaba. Fue in crescendo un obstinato de muelles sincopado, un piar metálico secundado por el arrastre arenoso de la fricción de madera contra madera.
[Inacabado - Julio 2007]
Monday, 30 May 2011
-
De donde venimos
Ella se inquieta y se remueve, como si no terminara de acomodarse. ¿Qué te duele? Su atención se posa sobre mí y me veo reflejado en el cristal gris de sus pupilas. ¿Mi hija...? Está trabajando.
¿Y tú quién eres?
-¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?
-¿Dónde está mi hija?
-No ha podido venir.
-¿Y tú quién eres?
-Soy tu hijo, mamá.
-Yo no tengo ningún hijo.
-¿No tienes ningun hijo?
-¿Dónde está mi hija?
-¿Quién soy yo?
-¡Quién vas a ser!
-¿Quién soy yo, mamá!
-¡Qué tonterías dices! Pues quién vas a ser...
-¿Quién soy?
...
-Pues... Ehhh, ¿dónde está mi hija?
[2-Octubre-2010]
- browse entries:
- older »


